Febril mujer

Tenía dominada la indiferencia en mis letras.

Aún llevo atada a mi tobillo derecho la cuerda que arrastra aquella infame sensación de sublimación que causaban tus brazos alrededor mío. 

Llevo en los ojos tu pelo enmarañado reflejado en el espejo mientras preguntabas ¿me veo cogida? Te respondía que no, pero sabías que sí y aún así salías a la calle enmarañada, hermosa y despreocupada.

Tengo el hilo roto colgando de la comisura de mis labios en un irreparable intento de halar un mar de intensidades vueltas trozos afilados de un cristal muy fino.

Había jurado no escribir sobre ti, porque eras deidad, utopía, agua simple y resaca de cerveza en el alma, porque no me nacían letras tuyas que pudiera sentir mías, porque tenias la ridícula idea de ser cortesana en la calle y casquivana entre sabanas baratas con olor a tabaco y noche desenfrenada… Porque no solo me atabas las manos al devorarme el cuerpo, me atabas las ideas, los labios y hasta la existencia misma con una sonrisa maliciosa y la respiración entrecortada a causa del placer que producía el control que te dejaba sentir.

Esa habilidad tuya de elevar al universo y hundir en el averno al objeto de tu deseo, sin remordimiento ni otra causa que tus ganas. El profundo vacío que provocabas al terminar y llenabas de nuevo al despertar. Lo insípida e interesante que resultas en todas tus facetas. Tu cálida mirada al punto de incendiar y tus palabras de géiser antártico. Tú malicia novata y tu perversion frigida. 

Eres tan fácil de leer como un viejo papiro roto y escrito en todas las lenguas muertas del mundo mezcladas a lo loco. Provocas en la gente ganas de volar con la ilusión de rozar tus nubes y estamparse en el asfalto para no volver a tener ganas de hacerlo jamás. Eres todo lo que cualquier mujer quisiera tener y no encontrar.

Y yo aún muevo el mundo al compás del chasquido de tus dedos, te acomodo mi desubicado ser en cuanto llamas y desaparezco sin rastro hasta que vuelves a pronunciar mi nombre, porque pues…

Eres todo lo que quiero, y no quiero volver a vivir.

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El pasado gay nunca muere. (Aunque hagamos todo lo posible)

A veces, sólo a veces me harto de mi misma, de esa natural aversión que normalmente me produce la gente en general. Muchedumbre hablando a unísono, caminando en aparente rumbo trazado pero con vaga determinación.

No me molesta aceptarlo, me molesta conocer personas y lo reconozco absurdo pero no puedo evitar sentirme incómoda hasta generarme urticaria tener que sonreír, escuchar y seguir una conversación a menudo típica en aras de socializar. ¿Qué diablos es socializar? A mí me parece una suave lucha de egos intentando impresionarse para ganar simpatía, en pocas palabras, eco vacío.

Prefiero esa temida soledad dónde las preguntas más bizarras y enfermas infundan miedos e inundan la mente al grado de ahogar hasta la realidad más concreta. Como en una escena de Trainspotting con un track enfermo de fondo donde hasta lo más absurdo del ser es abrazado por un inmenso y sincero amor a lo terrible, a lo maldito que habita dentro.

Y es cuando el exceso de maldición mía, comprendida amada y vanagloriada por mi sensatez, me empuja de nueva cuenta a buscar recordar por qué prefiero la soledad ante la sociedad, dejo de excusarme y acepto salir a recopilar recuerdos aún a riesgo de tener que conocer alguna que otra persona en el intento. A fin de cuentas siempre regreso con tantas preguntas en los bolsillos como para pasar los próximos 5 años analizando cada posible respuesta a lo prácticamente natural. Y con suerte, a veces confirmo por qué me alejo tan fácil del mundo.

Como del ambiente gay. 

Además de tener que lidiar con una sociedad absorta en sus propias ideologías y sorda del espacio que ocupa, está el propio ambiente que se respira dentro. Total empatía si alguien crítica y sadico a morir para destrozarse internamente. Sinceramente creo que si los opositores dejasen de mostrar su desapruebo a la comunidad gay, ésta, sin más por qué luchar en conjunto se dedicaría a destrozarse a sí misma.

En fin, aún contra todo pronóstico siempre elijo “solo dejarme llevar” y fui con mi amiga, su prometida y 2 amigas más a la cata de vinos más famosa de esta aburrida ciudad para brindar por el compromiso.

El lugar estaba a reventar, recuerdo que en años pasados recorría los stands vinícolas como perro dando vueltas para dormir de tan pequeño, ahora podías perderte fácilmente entre tanta gente y espacio y temerosa de querer patear al turista americanizado con selfie stick  de al lado (había  uno en cada dirección a la que volteaba) y salir huyendo, me dispuse a probar cada vino que cruzaba por mi camino, en algún momento nos dispusimos a descorchar las botellas que cada quien había comprado, y entre vino rosado, blanco, tinto, quesos de tantos tipos que perdí el sabor y jamón, comenzamos a hablar del ambiente gay, la vida clósetera y mil viajes que “a huevo, vamos” pero sabíamos no iríamos juntas.

Las botellas iban acumulándose entre las raíces del árbol bajo el que estábamos sentadas y surgió la típica escena gay (el mundo gay es sorprendentemente pequeño y siempre habrá una novia de tu amiga, quien inexplicablemente conoce a tu ex y sus sucios secretos, y obvio, no sabías nada).

Para entonces el vino ya había dominado mi sistema motriz, amordazado psicóticamente mi capacidad de raciocinio y liberado sin miramientos esa brecha de mi personalidad desafanada y amigable, así que todo lo que dijera la prometida de mi amiga sobre aquella extraña mujer que hacía de mi última ex, fue asentido y absorbido como cada copa de vino en mi cuerpo.

Irreconocible para mí en sus palabras y a la vez tan familiar, egoísta, inconsciente, infiel, manipuladora y auto victimizada. Y yo patéticamente intentando hilar fotos y anécdotas, nombres y espacio con mi propia historia y mi propio espacio mientras luchaba por concentrarme y maldecía al vino por no ayudarme.

La hippie cata de vinos terminó con mi corona de flores ahogada en alguna taza de baño, una borrachera tremenda, recuerdos violentados involuntariamente y mi idea de una ex superada junto a la corona de flores.

Y entre tanta botella vacía, mi estado deplorable, vomito y esa tonta sonrisa que ostentaba para aparentar que solo estaba ebria y no rota, descubrí aquello que había olvidado salí a buscar…

Que sí, detesto a la gente porque no sé no generar empatía y sentirles.

Que sí, me resulta insufrible lo pequeño que es el mundo gay, todo lo que ignoro, lo que ahora sé y preferiría no saber, pues no me sirve ya.

Y que aborrezco profundamente tener que escuchar la visión de alguien más sobre mi vida por cortesía porque es sobre mí y claro que debería interesarme.

 ¿Qué de malo tiene no querer saber nada de ella ya? Portarme como una maldita loca y despotricarle al oído mis más profundos reproches apenas descuelga el teléfono, porque no quiero controlarme, me importa poco si le provoca algo a la muy fría e insensible mujer hecha demonio, y me importa menos lo que tengan que decirme sobre ella, que sí, lo sé mejor que cualquiera pues la viví en carne propia, estaba enamorada pero no pendeja y socializar poco no significa que ignore la realidad ni me convierte en un extraterrestre ajeno al mundo, solo intento descontaminarme del mismo y esquivar inútilmente sus estragos.
Ya no me la platiquen, no me la pinten sobre mi propio lienzo ni intenten abrirme los ojos con gas pinienta, QUE SÍ, CARAJO, LO SÉ. Lo sé y solo quiero borrarla, sí, borrarla de mi presente porque no me sirve en el aquí y ahora, no me servirá después y para lo que me servía ya pasó y no puedo hacer nada al respecto.

Por eso me irrita la gente, pues pocas veces traen consigo algo nuevo, pero siempre, por algún mandato univesal, karma o divinidad no requerida traen en los bolsillos un poco de tu propio pasado… De tu propio inútilmente enterrado pasado.

Una vez más.

Lo agridulce que resulta reconocerse entre una multitud viciada de tanto andar en automático. 

Lo irrisorio de encontrarse, de encontrarse perdido. Así, tan ilógico y naturalmente posible. Como perderse en casa. 

Esa sensación de haber encontrado la cuna de la vida y lo familiar que resulta después de haber buscado tanto, e invariablemente sentir el vacío del tiempo invertido en el trayecto, el terror de lo incierto y la inseguridad de los ideales depositados en algo nuevo. Como si el tiempo tuviese las respuestas que necesitamos para avanzar, como si pudiéramos condicionar a la vida misma, tan ilógico como pedirle al mar que no nos lance a las olas porque podríamos ahogarnos, que se aquiete para entrar.

Algo que asegure que nuestros miedos son infundados y el viaje será solo una horda de sensaciones placenteras y purificación del alma, que ese mar ha de cicatrizar las heridas de otros mares, otras rocas y otros navíos para poder dejar tierra sin miedo a errar y con la seguridad de estar haciendo lo correcto.

Que si me convierto en laguna para que no temas, en estanque para disipar tus miedos y en charco para engrandecer tu poderío y te atrevas a sentirme en la piel, que si puedo… Sí que puedo disfrazar la inmensidad de pequeños, seguros y familiares instantes para tu comodidad. Puedo asegurarte que no habrá más agua salada en tu rostro y que tus alas rotas aún pueden cargar el peso que llevas dentro si las unimos con cinta adhesiva. Que si puedo hacerte volar aún así, claro que puedo pero sabemos de sobra que volarías al raz del suelo para volver a estamparte contra el pavimento y que la misma naturaleza del ser, al verme convertida en charco, enviaría una tormenta monumental que me devuelva a mi estado natural de desastre.

Quisiera asegurarte el mundo en mis brazos, aún andando yo misma batallando equilibrio sobre cuerdas flojas, que si te sueltas no caerás pues mágica y hábilmente estaré justo donde caerás para recibirte y toda sarta de incongruencias que obviamente no puedo asegurar. Tienes mis intenciones seguras, mis ganas, el espíritu y las ansias de reescribirte hasta lo que no tiene nombre, pero aún con todo eso, no hay seguro bancario sin apartados que pueda tranquilizar el desenlace.

¿Cómo hacernos de goma a sabiendas de que somos más bien navajas suizas, armas de doble filo con una estética inofensivamente atractiva a las manos que nos toman? ¿Cómo decir que sólo es eso? Una navaja en las manos correctas se convierte en instrumento de apoyo, no en arma. Es la torpeza del portador la que lastima y hace sangrar, no la navaja.

Amor, no puedo prometerte un futuro que no he escrito aún, no puedo asegurarte la estabilidad emocional que alguna vez tuviste y por la que te aferras hoy a una vida llena de sombras, no puedo decirte a donde llegaremos si no sabemos hacia dónde vamos aún. Así como tú no puedes asegurarme que si te tomo de la mano, no me soltarás para volver a sostener la historia que aún llevas en las grietas de los labios. No puedo sostenerte si no te sueltas, no puedo establecer mis ansias de aventura y las ganas de amar en unos labios ocupados, no hay espacio para todo lo que quisiera darte, lo que reduce mis posibilidades y causaría te diera mi ser a medias, así, como el espacio que tengo para mostrarte mi visión de la vida. La amplitud de lo que podría ser a tu lado, se convierte en fragmentos de una canción sin coro, de un libro con hojas arrancadas o una biografía sin los detalles sórdidos y sucios. No hay forma de matarnos los miedos antes de vivirnos.

Sabes qué no me importa, ¿verdad? Que si tengo que bajar al mismo averno de tus necedades una y otra vez para rescatarte con tal oír tu risa, lo hago. Que si tengo que asegurarte una vida de la que ni tú tienes certeza y hacer que pase, muevo el mundo entero a tus deseos.

Pero no puedo evitar preguntarme si todo lo que ofrezco es en realidad lo que deseas obtener. Podemos amar a morir y aún así querer ahogarnos en la comodidad del desamor. Como el dilema de haberte encontrado y lo feliz que me haces versus las ganas de decirte que ordenes tu vida para darme paso. Junto con lo pretencioso que resultaría pedirte eso, siendo yo un desastre, también con pasados de horror y cuerdas atadas a historias ya muy gastadas de tanto ser contadas.

Así que solo puedo pedirte que abandones el mundo a mi lado cuando estés lista para escribir un nuevo capítulo, nos llenemos las ganas de incertidumbre y nos ahoguemos de tanto amor para salir a flote, o no. Que sea una historia sin fin o un final histórico.
Lo único que sé con certeza es la forma tan irreal en que te siento y coloreas mis días grises a tu antojo y descuido, ignorando líneas y paletas de color plasmando tu desastre en mi lienzo para formar arte. Y todo aquello que quiero darte se hace poco para todo lo que causas. Que si puedes con mis incertidumbres puedo con las tuyas, al menos hasta que nos dejemos de mamadas y la intención vuelta decisión, nos tenga ocupadas llenando nuestros espacios con todas las ideas de nuestras retorcidas mentes vueltas realidad.

Solo sé que no quiero perder todo eso y no te quiero soltar, no sin haberlo intentado… Una vez más.

Sexo = pasión + … ¿Amor?

Tal vez he llamado amor al capricho, por el redundante capricho de negar que amo con el sexo. Pues nadie me ha enseñado a amar con el corazón.

En el terrible hábito de analizarme hasta los análisis, no he tenido amor sin empezar por el deseo. No aquel deseo que viene acompañado de sentimientos libres y desinteresados, sino aquel deseo egoísta de poseer, de descubrir y probar algo nuevo. La curiosidad no es novedad.

Y descubro haberme envuelto en cada situación, porque no debía, porque era un reto, porque yo lo deseaba o porque simplemente me iba llenar de placer.

Y llegó, con aires de novedad, propuestas indecorosas y tremendamente deseables a revolver mi mundo apenas en reconstrucción de una devastación maldita e impensable.

“Ahora entiendo el fallo, te pedían permiso para asecharte y no solo lo hacían”, dijo en tono resuelto. Como si todas mis relaciones fallidas tuvieran el error ahí, en el sexo, en la danza de la conquista.

Y probablemente sea así, no pude evitar preguntarme si la pasión es ajena al amor, o simplemente un síntoma.
No negaré que me gusta lo indescriptible, lo perverso y retorcido de un alma oculta, que me fascina lo desconocido pues lo previsto me resulta aburrido, como la hora exacta para tener sexo, o el típico lugar donde debe hacerse, la persona adecuada y el amor, el bendito amor como excusa para no ser tomada por puta.
Pero si el deseo rige un destino, ¿es falta de amor negarse al placer de hacer lo “socialmente indebido?”
¿Es la sinceridad cinismo o seguridad? “Te deseo” no es un te amo, no es siquiera una advertencia.
Y son las ganas de usar y sentirse utilizado las que incendian de pasión la piel hasta que estorba la ropa, las que pueden hacer que dos personas negadas al deseo sin amor, se rindan a su más bajo ser para descubrir que hay más allá del amor, del “para siempre” y todas aquellas estupideces que atan, sofocan y llenan de acuerdos y reglas a un par de idiotas que buscan amistad, sexo y amor… En ese orden. En conjunto o aparte, porque carajo, no necesitan maquillar la realidad para obtener lo que desean.

Solo necesitan pedirlo.

No así el amor, pues pedir amor en su mayoría resulta en negativa, porque pues, ¿quién disfrutaría la recompensa antes de trabajar por ella?

¿Es el sexo una recompensa al amor? ¿O un comportamiento primitivo regenerado, crucificado y condicionado?

Soltar para olvidar.

En cuestión de relaciones, nos comportamos como se nos permite.
No hay 2 relaciones iguales, algunas personas nos provocan reír, otras llorar, otras tantas andar con cautela, algunas nos irritan y unas pocas nos despojan de toda armadura y nos descubrimos en la mejor versión de nosotros mismos pero también en la posición más vulnerable, a veces cómoda a morir, a veces a morir nada mas.

Hace un par de horas me despedí de mi zona de confort, de mi tan querida zona del terror, de la frase “más vale malo por conocido que bueno por conocer”.
Me despedí de una historia escrita con mi sangre, de mis intensidades, de aquellas cosas que amé como “jamás” imaginé, del personaje y su séquito.
Me despedí de la idea que nos asalta cuando un amor desgarrador pretende irse de tu vida, y en intento desesperado le amordazamos con recuerdos felices o culpas tristes, le obligamos a quedarse porque no pensamos poder vivir sin su presencia, aunque sea de lejos, que sea impersonal pero esa falsa seguridad que otorga el “no perder” por sobre la idea de soltar.

Porque “soltar” parece una palabra terrible, como la muerte, es la idea de literalmente ser despojado de algo apreciado sin aviso, sin compensación, porque soltar, suena a “nunca más”. Y nos prometemos crecer para volvernos a ver con esos ojos de asombro y cariño que nos vieron por primera vez, que la próxima vez será mejor del modo que sea porque habremos superado todo aquello que la inmadurez no nos permitió arreglar juntos. Porque entonces será el momento.

Todo para no pensar que un adiós, literalmente significa adiós, que el destino no puede tomar la responsabilidad de unirnos una vez más, bastante hizo con mover el universo para encontrarnos la primera vez, que aún con las ironías de la vida, aquellos ojos serán otros si se reencuentran. Qué tal vez sí hay historias que no debieron escribirse del modo en que se escribieron, que no debían pasar. Que la realidad es que una mujer guarda tantas historias en el alma, que algunas se pierden en el archivo, se las roba alguien mas o la misma mujer las quema, las tira o simplemente las olvida sin querer.

Porque queremos ser todo menos olvido, porque el olvido es inexistencia. ¿Y lo que viví donde queda si me olvidas? Que si fue real o fue una mala pasada. Y, ¿qué importa?

Al final de los días, de todos nuestros días, todos somos el olvido, la pérdida de tiempo, la peor decisión y la cicatriz peor ganada de alguien.

Pero soltar, soltar es solo abandonar, no para hacerlo mejor con alguien mas, pues no hay que usar de modelo el pasado.
Soltar es volver al inicio del propio juego, con la ventaja de tener idea de parte del camino y los obstáculos a evitar, aun con muchos niveles desconocidos. Ni siquiera representa las ganas renovadas, es literalmente el hartazgo, el cansancio, la carga inútil, la misma idea de la infancia de un cuento de hadas que mil veces no funcione, mil veces buscaremos hasta que la realidad aplaste los sueños de antaño y nos grite ilusas.

Porque no hay corazones tan grandes para albergar mil amores, porque invariablemente tendremos que abandonar algunos para dar espacio a otros de temporal, y otros de estación, y tal vez, si dejamos del destino y los prejuicios del lado, algún amor de fijo.

Porque hoy me toca aprender como se ha vivido conmigo, con un alma fría, renuente al amor de tanto curarse las heridas con remedios inservibles, realista a deprimir y con una barrera de 6 metros frente si, esperando amar y al mismo tiempo que nadie se atreva a llegar porque seguro le va a lastimar. Resentida con todos y ávida de un abrazo, de esos que derriten el alma pero sin ganas de darlo.
Hoy me toca enfrentarme a mis demonios y entenderlos para comprenderle y mostrarle que el amor no lastima cuando es el correcto, que las lágrimas son invariablemente naturales, pero tienen mas razones de existir que solo dolor, que ese abrazo es mío, que las noches no serán más frías y que olvidaras todo tu pasado porque no habrá más espacio que para lo que está por venir. Que un beso hidrata labios rotos y una caricia borra las anteriores. Que los cuentos de hadas son reales y el adiós figura en la ecuación solo si esa es la intención.

Pero para convencerte, tengo que empezar a creerlo yo. Mientras tanto, suelto al mundo, vuelo libre de cadenas, esperando que quieras tomar mi mano y ver lo maravillada que estoy de ti.

Que no es importante saber por qué no funcionó con nadie mas, sino como, nuestras historias y amores perdidos se olviden entre nubes de humo de cigarrillo volátil y temporal, entre alcohol y charlas incesantes, pues a ti y a mí nos va a funcionar. 

Te propongo olvidar, para comenzar.

Pasión

Vengo aquí, a despotricar, maldecir y tirar el llanto en letras aquellos sentimientos que me sobrepasan y no puedo amordazar en el momento.
Cuando siento que explotaré como en las películas de Tarantino si no dejo salir aquello que me arde y consume, porque soy inexperta, aprendiz y entre tanto que desconozco, está el ser siempre inteligente y reconocer mis emociones para dominarlas.

Porque soy pasión desde que mi alma encarnó, antes no sé, no recuerdo vidas pasadas. Pero recuerdo que aun usando pañales insistía en comer sola, me apasionaba la textura del spaghetti, la sensación de algo viscoso en la piel para literalmente terminar hecha sopa.
Ya con unos pocos años cumplidos, me apasionaba lo imposible, trepar los árboles más altos por la satisfacción de haberlo logrado, de ver el entorno completo y sentir esa paz que solo se siente cuando estas ajeno de todo y de todos pero en medio de todo y todos. Esa soledad abrazada.

Cada acción justificada por la pasión, por el impulso y la inmadurez, esa que llena el cuerpo de adrenalina, de incertidumbre, de un miedo adictivo, porque no sabes qué pasará, solo sabes que lo que haces no fue premeditado, es estúpido y tendrás consecuencias, probablemente favorables y probablemente desastrosas y en cualquier opción cabe la pasión, tanto por haber hecho bien, como por haber errado y tener un nuevo reto por delante.

Deje de trepar árboles cuando una niña quiso seguirme, yo la incitaba desde la copa del árbol, sentada en una rama vieja, rasposa y bastante gruesa. Le decía: desde aquí seremos piratas, sube ya, es fácil.
Pero la pequeña inútil resbalo cuando iba a mitad del árbol, y en vez de buscar detenerse con algo, la vi embarrándose por el árbol hasta caer al suelo. Se raspó todo el torso y lloró el resto del día mientras sus padres y mis padres me miraban con desaprobación.
No era mi culpa que fuera tan tonta o llorona, pero desde ese día deje de subir a los árboles. Algo me recordaba a la pequeña inútil y me sentía culpable de su tremendo raspón rojo. A veces, a mi corta edad me preguntaba si le habría quedado cicatriz de aquel día y como la recordaría después, pues a mí, su cicatriz me quitó las ganas de trepar árboles, aun con todo aquello que me esperaba arriba y tanto anhelaba.

Cambié esa pasión por columpios, luego por un go kart que me había comprado mi papá, por devorar libros, carreras en bici, aprender a manejar, chocar, ropa, drogas, muchachos, mujeres, alcohol, sexo, tabaco, pintura, fotografía, etc. Pues toda pasión es de cierta forma un vicio.
Pero puedo decir con certeza que nada de eso me ha hecho sentir aquello que deje en la copa del árbol aquel día, esa seguridad, plenitud y poderío que aquella pequeña bribona se robó y no supó.

Aunque, sería insensato culparla, cada pasión que he congelado ha pasado por un instante en que dañé a alguien y me sentí miserable por querer que alguien mas vea lo que yo veo, sienta lo que yo y experimente esa adrenalina asesina que ahoga y llena cada célula de vida, DE VIDA. Que si pudiera quitarme los ojos y desencarnarme para que sintieran esa corriente eléctrica lo habría hecho sin pensar, como siempre.

Porque no sabía de sentimiento reprimido, todo explotaba en acciones idiotas para terminar hundida pero sonriendo con la adrenalina del hecho recorriendo mi cuerpo, mi maldad y mi satisfacción unidas y libres de arrepentimiento. Porque después de eso vendría la culpa y la represión, pero por ese instante era libre. De mí, del mundo. Ese puto árbol me enseño que no hay felicidad sin tristeza, no se gana sin perder, y no se disfruta sin sufrir. El maldito balance que nos mantiene sobre las cuerdas de la vida te obliga a reconocer que no hay pasión lo bastante cara para pagarla, ni lo bastante eterna para arriesgarse por completo si eres sensato.

Así el amor, una pasión que creí, por fin podría lograr que alguien sintiera lo mismo que yo, y viera el mundo con mis ojos y en un acto tan animal transmitir esa adrenalina en un choque de cuerpos, con la ventaja de hacerlo intenso, por esa cosa que llaman “amor”.
Y aunque la primera vez que lo intenté, el resultado fue igual, y la segunda vez fue peor, habrá más veces.
Dejé algunas pasiones congeladas en mi historia, otras las conservo para vivirlas con cautela, y otras tantas las cargo conmigo cada día.

Alguien me dijo hace unos días, “me gustas por ingenua y pervertida. Tienes ojos de inocencia y la mente retorcida”
Pensé, ¿como alguien puede desnudarme así el alma? ¿Cómo es que puede notar que me derrito por las cosas mas simples, que creo en cosas muy tontas y empatizo con cualquiera al grado de querer cambiar el mundo por verle sonreír aunque me importe un bledo quien sea, pero también soy egoísta, sádica, impulsiva y retorcida?

Entonces pensé en todo lo anterior, es la maldita pasión la que me ha vuelto quien soy, la que me ha dado cada vivencia hecha con sangre por gusto. La misma pasión que me ha dado amores de cuento y realidades de terror. Y como divago mucho y una cosa me lleva a otra, recordé aquel amor de cuento, de mil promesas, de sensaciones que explotaban en el interior y me hacían sonreír como retrasada mental frente a personas visiblemente enojadas, dolidas o desgraciadas, pero es que no podía evitarlo y por suerte la felicidad se contagia, ese mismo amor que me hizo llorar hasta secarme literalmente, con el que sentí el vacío mas profundo que jamás he sentido y el odio mas sincero que nadie me había despertado, el mismo amor que jamás sentí en balance con el odio jamás experimentado. Bien dicen que cuan intenso ames, será de intenso el desenlace.

Sobra hacer recuento del intenso desenlace lleno de mentiras, sentimientos encontrados, pasiones desbordantes, erráticas acciones y negativas positivas. Cuestión que no comprendí hasta que alguien me dijo, “no le dejas ir”, entonces cayó el telón. Aplausos. No había más pasión. Ya no había historia y lo que estaba amordazando era un remedo de daños y virtudes, ahora ajenas todas a mí.
Ya no le amaba, ya no me amaba.
Ya no esperaba sus mensajes, ni esperaba los míos.
La noche ya era todo menos nuestra.
Ya no sabía nada de mí, ni yo de su vida salvo lo indispensable.
Y aunque quería estar en su vida, no me quería en ella. Y francamente yo me debatía entre el beneficio y maleficio de tenerle en la mía. De arrastrar un pasado errado y sin ganas de evolucionar.

Ya conocía la salida, tantas veces crucé esa puerta jurando no volver, desaparecí como las chachas, sin decir adiós, porque cada vez que me despedía, volvía, y esta vez no iba a hacerlo. Me había dicho que no me quería en su vida y fue suficiente para pensar que su determinación bastaría para no encontrarnos jamás.

Pero su determinación es tan débil como la mía, volvió porque me necesitaba, abrí la puerta porque soy ingenua, porque el amor, porque el cariño que nos tuvimos y porque pinches qué, es mi vida.
Qué sé yo si me necesitaba o si me usaba, mi intención no era saber, sino estar.
Pero todo es una balanza, sin la pasión que actúa por impulso y no por conciencia debe haber un intercambio, y en lo obvio estuve, porque quiso, pues tiene mas hombros en los cuales apoyarse, llenos de amor y pasión, los míos solo son un mal recuerdo pero los quiso de momento y se los di.

Mala transacción, reconocimiento de no hacer nada sin pasión, pues pedí lo mismo a cambio, oídos, comprensión, y solo recibí reproches por mi negatividad. Recordé tiempos en que princesas Olmecas con mentes podridas se vanagloriaban de la desgracia ajena maquillándola con humor negro. Reconocí a esa persona, no como aquella alma alada llena de amor que siempre vi, sino como otra mas, desalada por gusto y llena de burla, de negatividad, esa misma que me reprocha cada que puede. De la incongruencia suya de querer limpiar su alma vomitando sandeces. Y recordé una de sus frases… “Odiamos en los demás aquello que no nos gusta de nosotros mismos”.

Así que tomé sus reproches, cada uno, y se los puse como stickers en la frente.
-Esto odio de mí, de ti, y para cambiarlo y ser mejor, debo reconocer qué es lo que no me apasiona, y es el recuerdo de un supuesto lo que ata. No quiero ser como tú. No quiero ser esto en lo que me convertí. Necesito volver a sentir pasión pura sobre un árbol sin sentirme culpable de quien no pudo alcanzarme. No volveré a bajar por nadie. Ni por ti, que te adoro aun con todos esos demonios que atormentan y confunden hasta la locura.

No renunciare a la pasión en mí, con toda la pasión de una nueva meta te confirmo:

Siempre consigo lo que quiero, espero que no te importe, porque estoy decidida a congelar este cuento y por fin, olvidar. Aunque me lleve los buenos recuerdos entre los escombros, aunque pierda una parte tan querida de mí.

Es que encontré una pasión mas adictiva en forma de carne. Supongo, sabrá que hacer con el nuevo espacio en blanco. Qué de lienzo, me apasiona más la idea de lo que quieran grabar en mí, esa curiosidad que no se me quitaría ni siendo gato.

No lamento borrar lo que grabaste, así como no lamentas no haber afinado los trazos que hiciste en mí. Te aseguro que no extrañaré tu firma en mi piel, como tampoco extrañaras mi espacio en tus recuerdos.

Te lo has ganado con sangre.

Púdrete, que te lleven mil demonios al infierno de donde saliste, con las torturas mas sadicas te destrocen el alma y te devuelvan al mundo, frente al amor de tu vida, con el alma rota, sin remedio alguno, al desnudo, sin armas, sin confianza y con la certeza de no poder responder a tanto amor porque tu corazón fue incendiado, tus alas cortadas y un alma ultrajada hasta lo mas profundo, dejando solamente el amargo vacío de la ineptitud de no haberte cuidado y solo así imaginaras un poco de todo lo que me hiciste sentir.

Convéncete, de que hiciste lo mejor y enmendaste tus errores con palabras vacías, mentiras insostenibles y la confianza de los estúpidos de haber amado y dado todo en soledad sin recibir más que groserías del ser al que destrozaste porque te lo permitió, y así pagaste con creces y mereces el amor que tanto anhelas cada noche. Porque te lo debe el mundo, has hecho tanto en nombre del amor que puedes ya vivirlo con la certeza de ser una alma renovada y mas sabia.

Vanaglóriate, de no guardar rencores por las reacciones que has tenido que soportar, todos deberíamos callarnos cuando hieres; has soportado tanta grosería que el derecho divino de desechar a quienes te contradigan, es ley. Eres amor, eres éxito y sabiduría entre silvestres. La justicia divina te ha dado lo que siempre has soñado, aun cuando para obtenerlo tuviste que romper un alma en mil, mil veces hasta aburrirte. Pero fue lo mejor, porque tuviste lo que quisiste, tú y solo tú. Ahora pídele de favor que rota, hecha mierda, gris de tanto limpiar con sus esquinas tu desastre, encuentre alguien que descubra lo increíblemente hermosa que és. ¿No la ves? Ya no dejaste nada mas que basura y suciedad. Pero estuvo bien, porque te limpiaste y hoy puedes sentirte un alma llena de luz, nueva y deseable a la vista de cualquiera.

Piensa, que las cosas debieron ser así, por mandato divino y lógica universal, no porque así lo hayas deseado pues no hay maldad en ti y las cosas pasan porque sí. Porque el destino. Porque son simples de entender. Y entonces cada día que despiertes junto al amor de tu vida, en la vida de tus mil vidas, con la firme convicción de haber hecho todo en armonía con el universo y haber recibido el pago con creces y bien merecido por lo antes vivido, no te falte nada. Ni otra idiota a quien destrozar para ganar.

Pero primero, púdrete.

Los ex…

Lo verdaderamente lindo de las palabras, es que al final no valen nada.
Viéndolo positivamente, es liberador no tener que cuidar cada palabra que sale del interior ni preguntarse si se es tomado en serio.
Y es que las palabras son sólo un conducto para comunicarse, para expresar necesidades, gustos y disgustos. Las palabras no son acciones, no son promesas, no son sentimientos. Y en la horda de un mundo caótico y viciado, pocos sabemos expresar con palabras lo que en verdad llevamos dentro, lo que haremos y lo que hemos hecho, pues todo eso lleva una capa profunda de lindura y fantasía al querer expresarlo.
Es entonces cuando me pregunto, ¿por qué basar mi actualidad en la idea de un pasado ya bastante viciado de opiniones, recuerdos alterados y realidades creadas?
Pues es un hecho que vivimos y creemos como nos conviene y una realidad absoluta es prácticamente un mito urbano si tomamos en cuenta que cada cabeza es un mundo.
Supongamos que hay un accidente, se me ocurre porque acabo de tener uno, y dicho accidente es grabado desde tres ángulos distintos, cada ángulo mostrará una realidad distinta, así que determinar la culpa de uno de los conductores se basará en mayoría de votos, en este caso, en los dos vídeos que coincidan más. Pero no sabremos quien de los conductores iba distraído. Tal vez ambos. Tal vez los semáforos no funcionaban y volvemos al tema de los supuestos escenarios.

¿Qué pasaría si cada palabra que hemos dicho fuera un hecho, una verdad absoluta?
No habría debate posible, todos habríamos muerto de amor, odiado al mundo entero hasta que nos diera cáncer y disfrutado enormemente aquel platillo asqueroso que alguna vez comimos por compromiso.

Es es este punto donde no veo razón alguna para mantener la palabra “ex” en mi presente. Porque dije muchas cosas, porque hoy no siento lo que recuerdo que alguna vez sentí, porque marqué con momentos y canciones cada una de esas sensaciones para no olvidarlas en un futuro, con la mera intención de grabar a alguien más en mi recuerdo eterno. ¿Recuerdo eterno? No hay tal, todo tiene vigencia.
Entonces porque atar a la mente a un pasado, tantas veces doloroso, incierto, cruel o irrisorio. Incluso si se trata de un pasado de felicidad plena y amor puro, es historia y no se vive en el presente.
Muchos dirán que lo que vale es el aprendizaje, pero también es un hecho que una o varias personas no pueden recibir el agradecimiento o reproche de habernos cambiado. Amamos por que queremos sentirnos amados, hacemos cosas impensables por el gusto de hacer algo diferente, cambiamos porque la misma vida nos exige avanzar y lastimamos por la misma inseguridad que nos come por dentro, no por aquella persona que en nuestro ideal nos hizo cambiar o ver el mundo distinto, la verdad es que lo único que hacen las personas que cruzan nuestro camino es quedarse a compartir su propia visión e irse cuando la suya y la nuestra tiene rumbos distintos. Como un vagón de metro, en que gente entra, nos acompaña unas estaciones y continúa hacia su destino final.

Entonces para que recordar a un ex, yo no recuerdo a la mayoría de la gente con la que cruzo en la calle. Recordaré detalles, “tenía un acento raro” “me sonrió” o “se parece a tal persona”, pero después de unos días esos detalles pierden valor, sirven de momento, alegran tu día y te cambian las gafas para mirar al mundo en ese momento, pero son instantes, justo como las relaciones pasadas, instantes que hicieron de tu presente una experiencia, pero ocupan espació vital si quieres aferrarte a ellas siendo pasado.

Por eso decido matar el pasado, borrarlo, ser un ser nuevo cada día. Decido olvidar tanto bien como mal y escribir cada día un libro nuevo para quemarlo cada noche sin falta. Porque no me voy a atar a percepciones ajenas ni sentimientos infundados, no quiero recuerdos que duelan ni personas aladas con permiso abierto para volar y aterrizar a preferencia.
Porque nací sola y sola he de morir, pues aún estando en compañía bien es cierto que todo el camino lo andamos con pasos propios.

Por eso hoy borro de mi vocabulario la palabra “ex”, y todo aquello que no exista en mi presente, no existió antes, no vive en recuerdos malditos ni se añora.

Hoy me declaro libre de mis recuerdos. Libré de mí, de mis ideas, de mis demonios y desaciertos, de las personas que atravesaron mi piel alguna vez y los libero de mi recuerdo y mi espacio en la suya. Porque al final, no existieron, y yo no existí más que en un instante borrado por el viento del tiempo.

Mis días en los ajenos han muerto.

Hay días extraños, en que la vida pasa a la velocidad de un parpadeo en instante justo en que se activa el flash de una cámara fotográfica.
Pasan tan rápido que apenas sientes haber despertado pero el cielo marca luz de luna. Y no recuerdas si tuviste un instante para saborear tu día, es más, no sabes si en realidad viviste ese día. Días en que un minuto de ti no basta para la humanidad y el tiempo huye de tu lado, no, el tiempo te arrastra del lado de las personas.

En contraste, hay días que pasan tan lento que podrías jurar haber gastado una eternidad esperando la noche, días en que los amores parecen lejanos y los amigos inexistentes, en que la materia propia parece suspendida por una fuerza indescriptible en un espacio y tiempo ajenos al pensamiento.

También hay días como hoy, en que rechazas el tiempo pero las manecillas siguen corriendo, días como hoy en que descubres, necesitas botar todo y buscar
un nuevo reloj.

De ideas, proyecciones y realidades.

Somos todo aquello que proyectamos

De ser así, entonces soy una interminable lista de adjetivos calificativos contrapuestos.
Percepciones ajenas etiquetando cada gesto, acción y falta de una sin opción de cambio. Y es que los humanos juzgamos aún sin notarlo, vamos creando perfiles de cada persona al paso del tiempo, no tomamos en cuenta las máscaras que usamos para salir al mundo. Probablemente porque ya es tan común como usar ropa, y pues, ahora nos fijamos más en como luce el outfit en vez de imaginar que hay debajo. Porque es grosero querer saber más de lo que nos permiten los demás.

Resulta más cómodo lidiar con aquellas etiquetas y máscaras impuestas. Que si dicen que soy fría, pues lo soy y tal vez pueda serlo aún más.

Pero la realidad va matando la ficción y aquella fortaleza construida en base a decepciones y caídas monumentales resulta ser sólo un fracaso más.

Uno de tantos para descubrir que me siento más sola que nunca y aún así no pretendo cambiar ese sentimiento.
Descubrir que necesito a alguien, pero mis máscaras y la percepción creada en los demás no me dejara mostrarme vulnerable.

Porque no quiero y ya me da igual el mundo y sus promesas.
Porque dejar de creer en ti mismo es el sótano sin escalera de todo infierno.
Porque el lugar da lo mismo, aún seguiré lidiando conmigo misma y no hay nadie ni nada que pueda evitar la caída.

Y por suerte es algo, que nadie va a notar.